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Inteligencia artificial y ética: cómo decidir mejor en el mundo del trabajo

La inteligencia artificial ya forma parte de muchas decisiones que tomamos en las organizaciones. Nos ayuda a analizar información, agilizar procesos, generar contenidos o anticipar escenarios. Pero cuanto más crecen sus posibilidades, más evidente resulta que no basta con preguntarnos qué puede hacer la tecnología.

También tenemos que preguntarnos qué queremos hacer con ella, qué estamos dispuestos a delegar y qué responsabilidad seguimos asumiendo cuando una herramienta interviene en decisiones que afectan a las personas.

Sobre estas cuestiones hemos reflexionado en nuestro último espacio en Foro Recursos Humanos, en Capital Radio, junto a Maribel de la Vega, consejera independiente, experta en IA, ciberseguridad, gestión del dato y riesgos y Guillermo Lorbada, gerente de Nuevas Formas de Trabajo en Repsol, ambos además miembros del Consejo Abierto de WorkétIcA; Fátima Álvarez, filósofa y directora experta de WorkétIcA; y Tomás Pereda, subdirector general de Fundación Máshumano.

Una conversación que nos permitió volver sobre algunas de las preguntas que llevamos un año trabajando en WorkétIcA, el foro que impulsamos desde Fundación Máshumano para analizar, junto a empresas y expertos, cómo aplicar la inteligencia artificial en el mundo del trabajo con una mirada ética y práctica.

No solo qué podemos hacer, sino qué debemos hacer

Durante mucho tiempo, las organizaciones hemos aprendido a tomar decisiones pensando en eficiencia, calidad, productividad, precio o servicio. Todos ellos siguen siendo criterios fundamentales. Pero la inteligencia artificial nos sitúa ante una pregunta diferente tal y como planteó Tomás Pereda durante nuestro espacio de radio:

“Nos hemos educado en torno a una pregunta: ¿qué podemos hacer? Y ahora tenemos que responder a otra para la que no hemos sido educados: ¿qué debemos hacer?”

La capacidad de la IA para intervenir en procesos de selección, incorporación, evaluación, desarrollo, gestión de conflictos o incluso salida de profesionales abre muchas posibilidades. Precisamente por eso, poder hacer algo no significa necesariamente que debamos hacerlo ni que tengamos que hacerlo de cualquier manera.

Pereda recordó que ese fue uno de los motivos que nos llevó a poner en marcha WorkétIcA: disponer de un espacio donde directivos y profesionales puedan analizar situaciones concretas que ya están apareciendo en las empresas, compartir experiencias y aprender a formular mejor las preguntas antes de tomar una decisión, especialmente cuando ésta afecta de manera relevante en las personas.

Partiendo de la base de que la innovación abre muchas posibilidades. La reflexión ética nos ayuda a decidir cómo aprovecharlas con criterio y responsabilidad.

Incorporar IA es una decisión empresarial, no solo tecnológica

La implantación de inteligencia artificial no puede recaer únicamente en los equipos tecnológicos. Para Maribel de la Vega, el primer paso pasa por tener claro para qué queremos utilizarla y qué valor esperamos que aporte a la organización. A partir de ahí entran en juego otras cuestiones: el impacto económico, la preparación de los equipos, la regulación, la ciberseguridad, el uso de los datos, la gestión del cambio y los propios valores de la compañía.

Y ahí aparece una realidad que muchas organizaciones están viviendo: los profesionales ya utilizan IA en su vida cotidiana mientras las empresas todavía están definiendo cómo incorporarla y gobernarla.

Por eso, como señalaba Maribel, ya no estamos ante un proyecto de un único departamento: “Ya no es un proyecto de tecnología. Impacta tecnología, negocio, compliance, legal y Recursos Humanos”.

La adopción responsable de la IA exige coordinación y también liderazgo. Facilitar herramientas, formar y acompañar a los empleados es importante, pero también lo es establecer criterios claros sobre cómo queremos utilizarlas y qué usos no encajan con la organización que queremos ser.

Ese liderazgo necesita además una cultura donde sea posible hacer preguntas, expresar dudas y cuestionar una recomendación tecnológica sin que hacerlo se perciba como una resistencia al cambio. La experta apuntó además la necesidad de abordar este cambio desde una mirada más holística, atendiendo no solo a la cuenta de resultados, sino también a sus impactos sobre las personas, los equipos y la organización.

Supervisar significa poder discrepar

Que haya una persona supervisando un proceso no garantiza, por sí solo, que exista una supervisión real.

Fátima Álvarez puso el foco precisamente en esta cuestión. Cuando una herramienta influye en decisiones que afectan a personas, es necesario preguntarse por sus criterios, sus posibles sesgos, la forma en que ha sido entrenada o la capacidad de explicar sus resultados. Pero también por las condiciones de quienes trabajan con ella.

“Puede haber alguien que supervisa, pero ¿cómo supervisa? ¿Está esa persona capacitada para discrepar del sistema o simplemente se va acoplando y diciendo que sí?”

Durante el programa se compartió que la IA puede transmitir una fuerte sensación de objetividad. Y esa apariencia puede llevarnos a aceptar sus resultados con menos preguntas de las que haríamos ante una decisión humana.

Por eso, la supervisión necesita conocimiento, criterio y capacidad real para intervenir. También necesita personas dispuestas a asumir la responsabilidad final de lo que hacen con esa información.

Guillermo Lorbada lo llevó a un terreno muy cotidiano dentro de las empresas, afirmando que : “No vale refugiarse en ‘esto lo ha dicho la IA’”.

Cuando utilizamos una herramienta para elaborar un análisis, preparar un informe o apoyar una decisión, seguimos siendo responsables del resultado. Validar no consiste únicamente en leer algo por encima y comprobar que “suena bien”. Significa revisar los datos, contrastar fuentes, preguntarnos qué puede faltar y reconocer cuándo necesitamos acudir a alguien con mayor conocimiento o experiencia.

Para Guillermo, este es uno de los cimientos de un uso responsable de la IA: que la tecnología amplíe nuestras capacidades sin sustituir nuestra responsabilidad profesional.

Pensamiento crítico: una competencia cada vez más necesaria

La conversación sobre ética nos llevó inevitablemente en nuestro espacio de radio al pensamiento crítico. Si recurrimos cada vez más a la inteligencia artificial para buscar información, redactar, analizar o proponer soluciones, también tenemos que preguntarnos qué ocurre con aquellas capacidades que dejamos de ejercitar.

La ayuda tecnológica puede liberar tiempo y permitirnos dedicarlo a tareas de mayor valor. El reto aparece cuando empezamos a aceptar respuestas sin suficiente contraste o dejamos de entrenar aquello que necesitamos para poder evaluarlas.

Para Maribel de la Vega “No nos han educado para tener pensamiento crítico, para cuestionar las cosas. Nos han educado para ejecutar y para hacer”. Además señaló que este es un reto que no sólo afecta a las generaciones más jóvenes, sino que se trata de un reto compartido por quienes estamos hoy en activo: aprender a cuestionar desde una mirada más amplia, atendiendo no solo a la cuenta de resultados, sino también a las consecuencias sobre personas, equipos y organizaciones.

También afecta a las oportunidades de aprendizaje de quienes empiezan su trayectoria profesional. Si determinadas tareas que tradicionalmente permitían adquirir experiencia pueden ser realizadas ahora por la IA, en el programa se apuntó a la importancia de que las empresas reflexiones sobre cómo seguir generando espacios donde los jóvenes puedan aprender, desarrollar criterio y convertirse en los profesionales que mañana deberán supervisar esas mismas herramientas.

En este contexto Tomás Pereda hizo alusión a cómo, durante la Revolución Industrial, las máquinas nos fueron liberando de buena parte del esfuerzo físico, que nos ha llevado a tener que incorporar el ejercicio a nuestra vida de forma consciente para una vida saludable. Ahora, la inteligencia artificial puede empezar a liberarnos también de parte del esfuerzo de pensar.

De ahí su propuesta de pensar también en “gimnasios para la mente”, espacios donde seguir entrenando el pensamiento crítico. Y lo resumió así: “Lo que decidirá de qué lado caemos no será cuánta IA usemos, sino cuánto pensamiento crítico conservemos”.

Un año de WorkétIcA: aprendizajes y próximos retos

Después de este primer año, en WorkétIcA hemos trabajado casos concretos relacionados con la aplicación ética de la IA en selección, contratación de perfiles junior, conversaciones difíciles, monitorización del trabajo, capacidades cognitivas o responsabilidad, entre otros.

Pero quizá uno de los aprendizajes más interesantes no tenga que ver con encontrar respuestas cerradas, sino con aprender a salir de los falsos dilemas.

Guillermo Lorbada destacó precisamente esa idea al hablar de su experiencia en el Consejo Abierto. Ante problemas complejos tendemos muchas veces a plantearnos dos únicas opciones: humano o máquina, eficiencia o cuidado, automatizar o no automatizar.

“Lo valioso es detenernos y preguntarnos: ¿realmente solo existen esas dos posibilidades?”

Compartir estas cuestiones con profesionales de organizaciones diferentes permite ampliar la mirada, descubrir alternativas y encontrar caminos que quizá no aparecerían desde una única perspectiva. Es una de las razones por las que el diálogo entre empresas se ha convertido en una parte esencial de WorkétIcA.

Y ahora, como explicó Fátima Álvarez, después de este trabajo de reflexión y aprendizaje el proyecto evoluciona hacia una fase orientada a aterrizar soluciones concretas:

“La idea es que las soluciones, además de estratégicas, sean responsables y sean razonables”.

Esta nueva etapa de WorkétIcA se centrará precisamente en esa dimensión práctica: cómo pasar del análisis de los problemas a decisiones concretas dentro de las organizaciones.

El trabajo continuará a partir de casos y situaciones reales, contrastando alternativas y revisando los criterios que han ido surgiendo durante este primer año.